Plantar futuro también significa innovar

Por Lorena Vargas Reyes, Gerente General Guivar Transforma

En la edición anterior hablamos de plantar el futuro de Chile, haciendo referencia a cómo la industria forestal ha impulsado, desde hace años, una mirada de desarrollo vinculada al territorio, la sostenibilidad, la generación de empleo y la creación de capacidades para las próximas generaciones.

En los últimos meses, sin embargo, se han abierto debates que trascienden la contingencia política y nos invitan a mirar un desafío mucho más profundo. Por una parte, se ha cuestionado la capacidad técnica de quienes administran el Estado; por otra, y quizás más importante para el desarrollo del país, ha vuelto a instalarse la preocupación por el bajo nivel de innovación, investigación y desarrollo que incorporamos a nuestra economía.

No se trata de un diagnóstico nuevo. Desde hace años, organismos internacionales coinciden en señalar las mismas brechas: Chile invierte poco en investigación y desarrollo, cuenta con un reducido número de investigadores por habitante, presenta limitaciones en infraestructura científica y mantiene importantes desafíos en la formación de capital humano y competencias para enfrentar una economía basada en el conocimiento.

Más allá de las diferencias políticas, esta realidad nos obliga a plantearnos una pregunta de largo plazo: ¿qué país queremos construir en los próximos veinte o treinta años?

Cuando hablamos de investigación y desarrollo solemos pensar en grandes laboratorios o tecnologías de frontera. Sin embargo, la innovación también ocurre cuando una empresa logra producir de manera más eficiente, más segura, con menor impacto ambiental o agregando mayor valor a los recursos que ya posee. Innovar es mejorar continuamente, transformar conocimiento en soluciones y convertir los desafíos en oportunidades.

En una industria como la forestal, las posibilidades son enormes. La automatización, la inteligencia artificial, los nuevos materiales derivados de la madera, la bioeconomía, la economía circular, las energías renovables y la digitalización están transformando la forma de producir en todo el mundo. Chile posee ventajas comparativas importantes, pero mantenerlas dependerá de nuestra capacidad para innovar más rápido y generar mayor valor agregado.

Sin embargo, también es importante reconocer la realidad que enfrentan miles de pequeñas y medianas empresas, especialmente en sectores productivos como el forestal. En un escenario marcado por el aumento de los costos, la incertidumbre económica, la burocracia y las exigencias del día a día, muchas pymes destinan sus esfuerzos a mantenerse operativas, cuidar a sus trabajadores y seguir siendo competitivas. En ese contexto, innovar suele quedar en segundo plano, no por falta de convicción, sino porque muchas veces faltan el tiempo, los recursos y las herramientas para hacerlo.

Por eso, si queremos que la innovación deje de ser un desafío pendiente y se convierta en un verdadero motor de desarrollo, es indispensable crear las condiciones para que todas las empresas puedan avanzar en esa dirección. Se requieren incentivos, acceso a financiamiento, acompañamiento técnico, vinculación con universidades y centros de investigación, y políticas públicas que faciliten la incorporación de nuevas tecnologías, especialmente en las pequeñas y medianas empresas.

Este desafío no puede recaer únicamente en el sector privado. Se requiere una verdadera estrategia país que fortalezca la colaboración entre el Estado, las empresas, las universidades y los centros de investigación. También se necesitan políticas públicas estables, capaces de trascender los ciclos electorales y entregar certezas para invertir, formar talento y desarrollar conocimiento.

Los grandes desafíos nacionales no pueden comenzar de nuevo cada cuatro años. Independientemente del gobierno de turno, Chile necesita acuerdos de largo plazo en materias estratégicas como educación, ciencia, innovación, infraestructura y desarrollo productivo. Los países que hoy destacan por su competitividad no llegaron allí mediante decisiones aisladas, sino gracias a políticas sostenidas durante décadas.

Del mismo modo, es necesario comprender que el desarrollo económico y el desarrollo humano son inseparables. Invertir en investigación, fortalecer la educación técnica y profesional, impulsar el emprendimiento innovador y crear espacios donde las ideas puedan transformarse en soluciones concretas no constituye un gasto, sino una inversión en el futuro.

Quizás la conversación que Chile necesita no sea únicamente cómo distribuir mejor la riqueza, sino también cómo generar más riqueza y más oportunidades a través del conocimiento, la productividad y la innovación. Porque un país que no desarrolla nuevas capacidades difícilmente podrá sostener su crecimiento, mejorar la calidad de vida de sus habitantes o competir en un mundo cada vez más exigente.

Plantar futuro significa precisamente eso: tomar decisiones hoy cuyos frutos probablemente veremos dentro de muchos años. Requiere visión, perseverancia y la convicción de que existen desafíos que deben transformarse en políticas de Estado, más allá de los gobiernos de turno.

Porque, al igual que un árbol, el desarrollo no crece de un día para otro. Se cultiva con paciencia, inversión y una mirada de largo plazo. Solo así podremos construir un Chile más competitivo, más sostenible y con mayores oportunidades para las próximas generaciones.